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Rafa Nadal

 

Rafa Nadal

Nadal, con la copa de campeón del US Open de 2017 

Transcurridos 15 años largos de su primer título, en Sopot, puede decirse que Rafael Nadal cotiza más que nunca. Resultaba difícil imaginar que aquel muchachito cuya voz asomaba arrebolada, con mensajes sintéticos, en la conversación telefónica que manteníamos desde la ciudad polaca, estaría ahora a un título de igualar los 20 grandes de Roger Federer. Nadal pintaba bien, pero ni el más optimista hubiera supuesto tanto. Todo ha cambiado mucho desde entonces. El periódico se hace de otro modo, bajo la frenética simultaneidad de la edición digital, las redes sociales han revolucionado no sólo la comunicación sino la sociedad en su conjunto, el mundo atraviesa una convulsión global y España tampoco tiene demasiado que ver con el país que saludaba la victoria de un recién llegado.
Pero él sigue ahí, imperturbable, mejor si cabe que el ardoroso atleta adolescente dispuesto a pelear por todo, intacta la fortaleza, afinado el discurso tenístico, instalado ya como un prócer, aunque su campechanía desmienta cualquier ilustre reconocimiento.
Nadal es una anomalía, un competidor que ha hecho del triunfo rutina. Gana casi siempre, como si viviera ajeno al tiempo y a la erosión de las dificultades, que no han sido pocas a lo largo de su carrera. Poco después de despegar en la élite, se le diagnosticó una lesión en un pie que ponía en duda la posibilidad de seguir compitiendo al máximo nivel. Desde entonces, rara ha sido la temporada en la que no ha debido hacer frente a algún percance físico de considerable magnitud. Se le dio por amortizado en más de una ocasión. Crujían las rodillas, parecía desarmarse su egregia arquitectura. Volvió siempre, también tras la crítica temporada de 2015, cuando hasta él percibió serias dudas, envuelto en resultados impropios de su admirable hoja de servicios.
Hoy, con 33 años, y reconocido nuevamente por este periódico como Hombre del año, distinción de la que ya se hizo merecedor en 2010, sería temerario ponerle fecha de caducidad, tras suscribir una de las mejores temporadas de su vida, con victorias en Roland Garros, el Abierto de Estados Unidos y la Copa Davis. Capaz de una permanente reinvención, juega mejor que nunca y mantiene intacta la voracidad competitiva. Sus debilidades, si las hubiere, resultan indetectables. Tal vez entre la sucesión de hipérboles que viene legitimando, una de las más certeras sería la que le cataloga como infinito.Difícil no ceder a esa categoría exclusiva de las deidades cuando estamos ante un deportista que ha entrado de lleno en la disputa por convertirse en el mejor tenista de siempre. Federer, Nadal y Djokovic han difuminado de la orla a los más reiterados campeones en los majors hasta quedarse a solas en una extraordinaria y aún muy viva confrontación donde el español maneja mejores créditos para salir ganador.
La hegemonía de Federer, con 38 años, resulta precaria ante la doble amenaza que se cierne sobre él. Con sus dos grandes del año que se va, Nadal ha estrechado al máximo la distancia. En los últimos tres cursos suma cinco grandes, dos más que el suizo y uno más que Djokovic. Nole, el más versátil de los tres jugadores, carece, sin embargo, de la constancia y determinación de Nadal, cuyo grado de compromiso es superior al de cualquiera de sus rivales. Su vocación eterna se manifiesta también en el poder renovado cada año sobre arcilla. Tanto tiempo después, aún no se le adivina una alternativa en la superficie desde la que se proyectó hasta convertirse en un tenista integral, el all court player que intimida en todos los escenarios. Sin perder un ápice de su autoridad sobre la tierra, ha conseguido implementar los recursos para competir al máximo en cualquier terreno.
El continuo proceso de transformación ha encontrado en Carlos Moyà, que tomó el relevo de Toni Nadal como entrenador hace tres años, un auxilio crucial. También mallorquín, cercano a Nadal desde su adolescencia, el primer número 1 del tenis español siempre se caracterizó por transgredir el estereotipo del jugador de nuestro país. Alto y buen sacador, Moyà se plantó en la final del Abierto de Australia de 1999, palabras mayores en una época donde la cultura predominante dejaba casi constreñidas a la tierra las aspiraciones de los tenistas españoles. Es inevitable ver en este Nadal tan evolucionado en relación con el de sus comienzos la mano diestra de Moyà.
Si al lado de Toni, Nadal transmitió siempre una sensación de naturalidad, poco han cambiado las cosas desde el relevo. Tanto Moyà como Francis Roig, su estrecho colaborador, sostienen la filosofía que ha caracterizado al tenista desde sus comienzos.
Mientras sus más cercanos competidores se pliegan en ocasiones al aura que rodea a las estrellas, el español aún se parece mucho al tenista germinal que daba sus primeros pasos casi recién iniciado el milenio. Siendo uno de los mejores deportistas de siempre, Nadal no deja de responder a la etiqueta anglosajona de the boy next door, el chico de la puerta de al lado, virtud que convierte cada uno de sus éxitos en una sincera celebración colectiva más allá del lógico alborozo que despiertan en su país de origen. El rango de extraordinario líder, que volvió a manifestar en la reciente Copa Davis, no ha contaminado su espíritu naif, la encarnación constante de la pureza del deporte.
Mucho más cerca del desenlace que del punto de partida, Nadal intenta exprimir cada instante en la plasmación contundente de los valores que le han traído hasta aquí. El chaval arrojado y valiente que se abrió paso entre los mejores con la determinación por bandera cuenta hoy, además, con la enorme sabiduría adquirida a lo largo de los años, también gracias a un tenaz deseo de seguir aprendiendo. Lícito es preguntarse, por mucho que pueda resultar asombroso a estas alturas, si estamos ante el Nadal definitivo o aún puede ofrecernos una versión más rotunda de sí mismo.

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