Ona Carbonell anuncia su retirada temporal de la natación sincronizada
La deportista más laureada de la natación española renuncia a los Juegos de Tokio y comunica que da "un paso a un lado" para dedicar más tiempo a la familia
“Cada vez me impone más respeto seguir estando ahí arriba, porque soy más mayor, las rivales cada vez son mejores…”, contaba Ona Carbonell en una entrevista a EL PAÍS a finales de julio, después de regresar de los Mundiales de Corea, donde ganó tres medallas y alcanzó las 23, récord femenino en la historia de los Mundiales. Le preguntaron, ese día, por los Juegos de Tokio, por si no tenía límites, por si no llegaba nunca el momento de decir basta. Reconocía Carbonell, la más laureada en la historia de la natación española, que era muy difícil ganar una medalla en Tokio 2020 y que nunca hubiera pensado que su carrera podía durar tanto. “He querido tirar la toalla muchas veces, he estado al límite muchas veces. Pero no me quiero poner un tope porque yo misma me sorprendo a mí misma e intento vivir el momento”, decía a sus 29 años. El momento de decir basta, finalmente, ha llegado. Quiere cuidar de su familia y ser madre.
La española lo ha comunicado este sábado a través de un comunicado en sus redes sociales. La decisión implica no participar en los Juegos de Tokio -habrían sido sus terceros Juegos-. Además de ver complicado conseguir una medalla olímpica, Carbonell (que fue plata en dúo y bronce por equipos en los Juegos de Londres 2012 y cuarta en dúo en Río 2016) no había encontrado una pareja fija para este ciclo olímpico.
“Tengo grabada en la memoria mi primera participación en unos Juegos Olímpicos. Fue en Londres, en el año 2012, y lo recuerdo como uno de los momentos más especiales de mi vida. Un sueño de niña que se convirtió en realidad y que, además, tuve la gran suerte de poder repetir cuatro años más tarde en Río de Janeiro. Sin embargo, este año, a las puertas de un nuevo reto olímpico, me hallo en una situación personal diferente. Tras meditarlo mucho con mi familia, hablarlo y valorarlo detenidamente con mi entrenadora, y posteriormente con el resto del equipo, he decidido que en este momento quiero dar un paso a un lado”, escribe la nadadora en el comunicado.
“Aunque el momento pueda sorprender, hay diversos factores relacionados con mi familia cercana que me empujan a ello. Quiero dedicar más tiempo a mi familia, que siempre está a mi lado, cuidarla como se merece y también ampliarla. Como mujer y deportista, conciliar mi vida profesional con la personal implica asumir decisiones como esta y dejar el deporte a un lado temporalmente, sin que esto signifique que vaya a renunciar a mi carrera como nadadora”, añade Carbonell, al mismo tiempo que asegura que seguirá apoyando al equipo. “Trabajaré de una manera diferente de la que lo he hecho hasta ahora, para más adelante poder volver a estar en el agua con ellas en futuros compromisos deportivos”, concluye la nota dejando una puerta abierta para su regreso en el futuro.
Salir de la piscina significa, para Ona Carbonell, volver a tener una vida normal. La que durante todos estos años en la élite no había tenido. Así lo explicaba en la entrevista con EL PAÍS, cuando le preguntaron si nunca llega el momento de decir basta. “Lo más duro es el camino, más que competir. Pero llevar 15 años en la selección española levantándome cada día a las seis de la mañana, entrenando 10 horas al día, ocho horas en el agua, seis días a la semana, tener muy pocas vacaciones..., no podemos subir las escaleras tranquilas temiendo por si tal vez me tuerzo un tobillo, llegar a casa y ponerme el hielo, ir con el pañuelo para que nunca me constipe porque si no me saltaré el entrenamiento. Es que no tengo una vida normal, porque toda mi vida la prioridad número uno es eso. Pues eso es lo más duro para mí”, contestó.
Ahora, su prioridad es la familia, con la que celebró las últimas medallas mundiales: dos platas en solo libre y técnico y el bronce en highlight por equipos. El botín de 23 metales la convirtió en la deportista con más preseas solo por detrás de los estadounidenses Michael Phelps (33) y Ryan Lochte (27). Los dos, por cierto, lo dejaron un tiempo y los dos volvieron.
Ona Carbonell: “Es un reconocimiento para la mujer estar ahí con Phelps y Lochte”
La nadadora española explica lo que supone para ella, para la sincronizada y para el deporte femenino sus retos, sus logros y la forma en que los ha afrontado
Ona Carbonell va con sus tres últimas medallas en el bolso, de allá para acá, regresa de una recepción del Ayuntamiento, un día después de haber sido recibida por los Reyes, posa para la entrevista y sube a la cuarta planta de las instalaciones del CN Sabadell. Allí se reúne con el centenar y medio de niñas que disfrutan en su campus. La barcelonesa de 29 años es la ondina de las 23 medallas, el récord femenino en la historia de los Mundiales, solo superada por dos hombres, dos superfiguras, Michael Phelps, con 33, y Ryan Lochte, con 27.
Pregunta. ¿Su carrera ha entrado en otra dimensión?
Respuesta. Era el séptimo Mundial consecutivo para mí. Cada vez me impone más respeto seguir estando ahí arriba, porque soy más mayor, las rivales cada vez son mejores… Y este año con el hándicap de que llevaba meses parada. Ese récord me hace muy feliz. Es una señal de que el trabajo está bien hecho.
P. ¿Es más difícil ser reconocida practicando la sincronizada?
R. Lo más bonito es poder aportar a la sincronizada y, sobre todo al deporte femenino, un reconocimiento, un estatus y un prestigio. Es buenísimo en todos los sentidos que una mujer esté con Phelps y Lochte, entre los tres mejores del mundo.
P. ¿No se aprecia lo que cuesta ganar cada medalla?
R. Cuando ganas una de oro, una plata te sabe a menos. En la sincro sufrimos un bajón. Yo seguí en el medallero, pero la sincro pasó por momentos difíciles. Durante un tiempo sentimos que, de alguna manera, habíamos fracasado. No sé. Como les pasa a las del waterpolo femenino. Son tan buenas y lo han ganado todo, de manera que si no ganan el Mundial es ya como que… Y, jolín, es que a veces pasan estas cosas.
P. ¿Cuándo fue eso?
R. A partir de 2014. No pudimos ir como equipo a los Juegos de Río. Entonces oyes: ‘la sincro española está bajando mucho’. En cambio, este año, con Mayu (Fujiki, seleccionadora), todos vuelven a confiar en nosotras. Eso nos da un gran impulso.
P. Usted tiende a minusvalorarse… Hasta pensaba que era patética cocinando.
R. No es que lo pensara, es que era patética. Cuando hice el casting de MasterChef no sabía ni freír un huevo, literalmente. Cuando afronto un reto, sea el que sea, me lo tomo tan en serio que me vuelvo loca… No dejé de cocinar día y noche, estudiaba como si fuera la selectividad, y con la sincro igual. No es que me minusvalore, veo cuando estoy mal.
P. ¿No es peligroso ser tan perfeccionista en la sincro?
R. Lo es. Acabas no disfrutando de las cosas. He trabajado con psicólogos y mental coachs una de las cosas que más he aprendido es que, cuando trabajas mucho por algo y lo consigues, no pensar ya en lo siguiente, sino en disfrutar de ese momento. Y también, a relativizar y a entender que la obsesión es buena porque te ayuda a trabajar, pero hay un límite muy fino que es malo, que no te ayuda.
P. ¿Qué les explica a las niñas en su campus?
R. Ayer casi me quedo a dormir con ellas tirándonos cojines. Les digo, por ejemplo: ‘yo me pogo nerviosa, yo lloro, yo he perdido, no siempre he ganado, porque tendemos a engrandecer nuestros referentes‘. Y todos somos humanos, incluso las rusas. A mí lo que me ha llevado a conseguir estos éxitos es soñar a lo grande, desde muy pequeña. Y trabajar para hacerlos realidad, y no renunciar nunca a mis sueños y a mis retos por el miedo al fracaso. Un problema de esta sociedad es que nos da más miedo el fracaso que la ilusión de intentarlo. Te entra el vértigo cuando ves que tal vez no lo consigas. He sido atrevida, porque siempre me he puesto retos muy, muy difíciles. En Londres para mí un bronce era un fracaso. ¿A quién le dices, en su sano juicio, que un bronce olímpico es un fracaso? Y yo me hubiera muerto si hubiera sacado un bronce. Por suerte, saque la plata. Para mí sí o sí era mi objetivo. Las niñas no tienen que ponerse límites, porque a lo mejor no tengan las piernas perfectas o porque les den miedo las apneas. Han de luchar. Muchas veces no lo conseguirán, porque nadie es perfecto, pero muchas sí.

P. ¿No se frustra ante rivales invencibles como Romashina?
R. Es importante valorar a tus rivales. Cuando me tiro a la piscina para mí todas son rivales, hasta la que queda última. Las rusas por mucho que lo tengan todo para ganar, para mí son mis rivales y sé que puedo intentar batirlas. Es mi objetivo. Si voy a por el tercer puesto, quedo cuarta, seguro. Son unas megacracks, que prácticamente nunca fallan, una gran potencia…. Admiro muchísimo a Romashina, pero, vaya, ella también me dice: ‘bueno tú tienes el récord, y yo no’.
P. ¿Los jueces de la sincro tienden a ser muy conservadores?
R. Pues no sé, porque yo estaba cagada con mi innovación sobre Mandela (ejecutó en individual al son de su discurso y logró la medalla de plata) y la valoraron muy bien. A veces la gente necesita de alguien que haga algo muy diferente para abrir una puerta. Nunca perdí de vista que lo más importante era una ejecución impecable con unos elementos técnicos, pero aparte de eso, el deporte es infinito, una herramienta increíble para toda la sociedad, por los valores que representa, de hecho, por todo lo que dice Mandela en su discurso. Y después de seis mundiales pensé ‘¿por qué no hago algo diferente y aprovecho que estoy compitiendo en un Mundial, que tengo muchas medallas, para, además de dar la máxima exigencia deportiva, aportar algo más?‘ Fue un poco eso.
P. La carga emotiva debe ser enorme.
R. Siempre que das un mensaje te emocionas y eso agota. Solo escuchar a Mandela, Sport has the power to change the world (el deporte tiene el poder para cambiar al mundo…), ya me emocionaba. Sabía lo que representaba y lo que yo quería transmitir. Y cuando vino todo el equipo de Sudáfrica llorando, la tele de Sudáfrica… Me he sorprendido con todo lo que ha representado eso.
P. ¿En qué punto está la sincro española?
R. Desde que entró Mayu ha hecho un cambio. Todos empiezan a confiar en nosotras, empezando por nosotras mismas. Es el mejor equipo humano con el que he entrenado, y he pasado por muchos equipos, tanto de nadadoras como de staff técnico, todos vamos a la una en todo. Hemos hecho unas coreografías muy buenas, que nos las han valorado y que se pueden perfeccionar. La sincro española está subiendo cada vez más rápido.
P. ¿Y los Juegos de Tokio?
R. La medalla es muy difícil. Pero lo primero es clasificarnos, que ya sería un paso respecto a los anteriores Juegos. Y después, no perder el tiempo mirando a nuestras rivales, sino focalizarnos en nosotras mismas.
P. ¿No tiene unos límites, unas líneas rojas?
R. Nunca hubiera pensado que mi carrera podía durar tanto. He querido tirar la toalla muchas veces, he estado al límite muchas veces. Pero no me quiero poner un tope porque yo misma me sorprendo a mí misma y, no sé, intento vivir al momento.
P. ¿No llega un momento en que dice basta?
R. Lo más duro es el camino, más que competir. Pero llevar 15 años en la selección española levantándome cada día a las seis de la mañana, entrenando diez horas al día, ocho horas en el agua, seis días a la semana tener muy pocas vacaciones, no podemos subir las escaleras tranquilas temiendo por si tal vez me tuerzo un tobillo, llegar a casa y ponerme el hielo, ir con el pañuelo para que nunca me constipe porque si no me saltaré el entrenamiento. Es que no tengo una vida normal, porque toda mi vida la prioridad número uno es eso. Pues eso lo más duro para mí.


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